por Rafael Costa e Silva
El debate sobre el cambio climático está en el punto de mira de la esfera pública internacional desde hace algún tiempo. Año tras año, la preocupación por sus efectos ha cobrado mayor protagonismo entre los distintos actores, tanto públicos como privados, que se lanzaron a debatirlo con la intención de atajar esta calamitosa situación. La llamada de atención fue provocada por el creciente impacto negativo del crecimiento económico durante el siglo XX sobre el medio ambiente.
En 1972, la Conferencia de Estocolmo inició este proceso. Posteriormente, en 1992, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Eco-92 o Río-92)Se trata de la primera de muchas conferencias sobre medio ambiente destinadas a consolidar el debate medioambiental e introducir en el mundo el concepto de desarrollo sostenible. En Río de Janeiro, durante Río-92, se creó la Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climáticodonde se acordaron medidas con el objetivo de controlar la emisión de Gases de efecto invernadero (GEI)responsable del calentamiento global. En 1997 se Protocolo de KiotoSin embargo, el documento no se ratificó hasta 2005, y hasta mediados de la década de 2010 no se habían reducido las emisiones de gases de efecto invernadero según lo acordado.
Durante este periodo, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC)A finales de la década de 1980, el objetivo era recopilar, analizar y evaluar la información procedente de la producción académica y científica de todo el mundo. Esta iniciativa logró reunir diversos estudios que buscan explicar las causas, efectos e impactos del calentamiento global, cada vez con mayor previsión de eventos relacionados. Para el IPCC, el cambio climático se caracteriza por una variación significativa de ciertos parámetros climáticos, que puede o no percibirse durante un largo período -décadas o siglos.
En el informe Gestión del riesgo de fenómenos extremos y catástrofes para avanzar en la adaptación al cambio climáticoEl informe, publicado por el IPCC en 2012, afirma que los riesgos e impactos asociados a los fenómenos climáticos dependen de la exposición y vulnerabilidadjunto con el variabilidad climática natural y el cambio climático de origen antropogénicoEn otras palabras, causadas por las acciones de los seres humanos. Aquí es donde el concepto de resistencia climática adquiere una importancia fundamental en el contexto del cambio climático. El informe expone cómo la gestión de riesgos y la adaptación al cambio climático pueden ser una alternativa para reducir la exposición, por un lado, y las vulnerabilidades, por otro, contribuyendo así a aumentar la resiliencia de las infraestructuras, las comunidades y las personas.
El concepto de resiliencia se utiliza habitualmente para describir el comportamiento humano y se entiende como la capacidad de una persona para superar sus problemas, adaptarse al mal tiempo, los cambios o las desgracias; una tendencia natural a recuperarse fácilmente de los problemas que surgen; y/o, características mecánicas que definen la resistencia a los golpes de los materiales.
Para la Oficina Internacional de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, en el informe Informe del grupo de trabajo intergubernamental de expertos de composición abierta sobre indicadores y terminología relativos a la reducción del riesgo de catástrofes, la resiliencia se refiere a la capacidad de un sistema, comunidad o sociedad, cuando se ve expuesto a una amenaza, de resistir, absorber, adaptarse, recuperarse y transformar frente a los impactos causados por procesos y/o fenómenos extremos, mediante la gestión de riesgos.
Por lo tanto, en este enfoque, la resiliencia tiene una definición que no se limita a la capacidad de volver al estado anterior, sino que va más allá, pasando por procesos de adaptación y transformación. Podemos decir que ser resilientes, en el contexto del cambio climático, no consiste sólo en volver al estado anterior de las cosas, como reconstruir las infraestructuras y la cohesión social, sino en construir soluciones que nos preparen para situaciones aún más extremas que puedan darse en el futuro.
En otras palabras, la resiliencia a la que debemos aspirar no es la que nos devuelve a lo que éramos, sino la que transforma el entorno, las comunidades y los territorios, cualificando y contribuyendo a que todos estemos aún mejor preparados ante situaciones adversas. De este modo Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de DesastresEl informe de 2015 nos muestra la importancia de que nuestras acciones sean coordinadas y multiescalares, yendo de lo global a lo local, y viceversa, pasando por lo nacional y lo regional, indicando que la responsabilidad de construir una sociedad más resiliente es de todos, respetando las peculiaridades de cada lugar.